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Japón: 25 años en crisis

06 DE octubre DE 2019. 00:00H Dirigentes

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Durante la última década, las recesiones han sido recurrentes, con caídas del producto interior bruto japonés para todo 2009 y 2011. Y el año pasado, por si todo lo expuesto fuera poco, las cifras del crecimiento económico tampoco resultaron ser muy alentadoras (un escaso 0,2%). Tokio, como primera clave del análisis, sigue presentando un problema crónico de estancamiento que dura ya desde los años 90. Si bien se espera un repunte del 1,4% para 2016, la economía nipona crecerá solamente tres décimas en 2017, según los últimos datos publicados por el Bank of Japan (BOJ).

La inflación, o deflación en muchos momentos, tampoco ofrece una perspectiva de mejora. En los últimos diez años, el IPC japonés ha sido nulo o negativo, si bien este año se espera un alza insignificante del 0,1%. Kowei Iwahara, economista del Banco Natixis, nos explica sin embargo que ahora la inflación está baja por el abaratamiento de las materias primas. "La inflación subyacente, aquella que no contabiliza alimentos frescos ni precios energéticos, está aumentando a tasas del 1%", apunta. Y esto, seguramente, habrá hecho también que se frene en alguna medida el ritmo de los estímulos monetarios cuantitativos japoneses o QE. Según el BOJ, además, la inflación objetivo del 2% podría alcanzarse este próximo año 2016.

La cuestión de Japón es enormemente compleja porque, sin ser en absoluto comparable a países como Grecia, tiene una deuda pública que ya triplica su PIB. Para intentar escapar del binomio maldito recesión-deflación, recurrente durante estos últimos veinticinco años, el gobierno japonés lleva tiempo aplicando unas políticas de shock que se dividen en "tres flechas". Una de estas flechas, como sabemos, consiste en incrementar notablemente el gasto público. De hecho, Tokio reconoció recientemente estar preparando otro plan fiscal para 2016. La segunda flecha, bastante menos activa, pasa por introducir reformas estructurales que promuevan una mayor eficiencia del sector público. Y, como respaldo de ambas, el BOJ seguirá inyectando liquidez al sistema para estabilizar la inflación. De momento, sólo parece que se pueden acabar estabilizando los precios, si bien no podemos dar esta hipótesis por segura hasta corroborarla con las cifras finales del periodo 2016-17.

Incrementar sólo los precios, sin embargo, es malo. La deflación era el enemigo a batir, por supuesto, pero una inflación sin crecimiento puede empeorar todavía más las cosas. Me explico. En tiempos de crisis es muy complicado que ninguna empresa suba los salarios nominales. Es más, el paro japonés permanece en niveles tan bajos, precisamente, por el ajuste vía sueldos que se viene realizando desde 1990. Si sólo suben los precios, por tanto, el consumidor japonés medio experimentaría una reducción de poder adquisitivo. Esto, junto con las subidas de impuestos para financiar la deuda pública, también reduciría el consumo. Y este bajo consumo, por consiguiente, acabaría derivando en deflación otra vez. Las políticas monetarias del BOJ, por tanto, nada pueden hacer mientras siga sin haber crecimiento (vemos que ellas solas tampoco están resultando eficientes para estimular el PIB).

La debilidad del yen quizás podría contribuir a un mayor crecimiento económico vía exportaciones. Sin embargo, la solución tampoco pasa por este capítulo. China está reduciendo drásticamente sus importaciones y la demanda global continúa siendo débil. Pese a una depreciación notable del yen frente al dólar este año, las exportaciones japonesas también van a caer en 2015.

Japón, por tanto, está viviendo un tiempo de crisis estructural. De nada sirven los análisis coyunturales si ignoramos el largo plazo. Los japoneses siempre tienden a reducir su consumo en tiempos de crisis. Este menor consumo, por otra parte, ha estado desincentivando las inversiones privadas ante una demanda débil y expectativas de deflación. Según datos del Banco de Japón, las tenencias líquidas de las empresas japonesas se sitúan hoy en niveles máximos históricos, rozando los dos billones de dólares. Un enorme potencial de inversión no realizada, por consiguiente, que se traduce en menos crecimiento económico y empleo (o salarios más altos). Y los bajos salarios, además del envejecimiento demográfico, culminan un sudoku de difícil solución. Mientras nadie adopte reformas estructurales para estimular el consumo, y un mayor crecimiento económico, no habrá recuperación posible. Y, para ello, se necesita algo más que planes fiscales o estímulos fáciles del BOJ.

Alberto Lebrón Veiga, socio director de China Capital, corresponsal en Asia-Pacífico.

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