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Inhotim: Pulmón de economía y arte en Brasil

Así como los míticos relatos de El Dorado atraían a los españoles del siglo XVI, un sitio en la sabana tropical de Brasil fascina actualmente a peregrinos de todo el mundo con sus experiencias inmersivas de arte y naturaleza. Se trata de Inhotim, un complejo arquitectónico-ambiental de ensueño, situado entre colinas,lagos y bosques, que inaugura este mes exposiciones, obras monumentales y un “jardín poético” para enriquecer aún más su ya vasto espacio para visitas. Las nuevas obras, que elevan el valor de su acervo por encima de los 1.600 millones de euros.

05 DE enero DE 2020. 09:00H Carlos Turdera (LATAM)

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Los adelantados españoles del tiempo de Pizarro no estuvieron lejos de hallar ese sitio deslumbrante que imaginaban al oír las leyendas indígenas sobre El Dorado. De continuar avanzando selva adentro, hacia el sudeste -en lo que entonces era el Virreinato de Nueva Granada, hoy Sudamérica habrían llegado a los inmensos yacimientos de oro que ansiaban. Pero entonces habrían encontrado a los portugueses que, desde 1693, explotaban esas reservas áuricas para la corona.

Dos siglos más tarde, sin embargo, allí se levantaría Minas Gerais, estado de Brasil donde ahora se encuentra un hito que ejerce tanta fascinación como aquella mítica ciudad de oro de su imaginación conquistadora: Inhotim.

“Museo a cielo abierto más grande del mundo”, “Versailles del siglo XXI”, “Edén tropical”, “Disneylandia de las artes”, “Paraíso de arte y naturaleza” son algunas de las frases con que visitantes encantados suelen llamar a  ese instituto, que inaugura este 9 de noviembre una serie de obras, exposiciones y un paisaje que amplía su ya vasto espacio para visitas, equivalente a tres Parques Del Retiro o poco más de un Central Park, en medio de la sabana tropical.

Las nuevas obras, que elevan el valor de su acervo por encima de los 1.600 millones de euros estimados en 2017 (Ver cuadro: “Un mecenas en el bosque”), fueron creadas por Robert Irwin (una experiencia en forma de escultura de 6,3 x 14,6 metros), Matthew Barney (un domo geodésico de acero y vidrio) y Yayoi Kusama (una alfombra cinética de espejos esféricos), estas últimas a reabrirse en 2020.

La inauguración, que incluye también una  exposición de los artistas brasileños Tunga, Gisela Motta, Leandro Lima y Claudia Andujar, se completa con la apertura de Sombra y Agua Fresca, el “jardín poético” más grande del instituto (32.000 metros cuadrados), creación del paisajista Pedro Nehring “para proporcionar una experiencia contemplativa y multisensorial”, según explicó el equipo de profesionales que, durante un día, condujo a DIRIGENTES por el parque para observar -a paso sostenido- ocho de las 23 galerías que componen el circuito y cuatro de los 30 jardines, además de presentarnos algunas de las obras icónicas creadas especialmente para el lugar por cerca de 100 artistas de 30 nacionalidades.

Puede decirse que -aún recorriendo cada galería sin pausa y trasladándose de un pabellón al siguiente, a bordo de un carrito eléctrico de golf, como lo hizo este cronista- una jornada de siete horas - en medio de un coro de aves que cantan permanentemente- no es suficiente para ver, ni siquiera en time lapse, un tercio de lo que reserva Inhotim al visitante: 1300 obras de arte, 4200 especies botánicas, 1500 variedades de palmeras (la colección más extensa de América),

siete jardines temáticos, cuatro lagos, 18 pabellones, biblioteca, un vivero (donde se encuentra el único ejemplar en América Latina de la flor asiática bunga bangkai), un centro educativo, archivo técnico, tres restaurantes, café y seis sendas temáticas.

Por ello, la recomendación es dedicar al menos tres días, no necesariamente consecutivos, para comenzar a vislumbrar la magnitud de esta obra -de escala faraónica- creada por Bernardo Paz, un magnate minero con una vida casi tan legendaria como los relatos de El Dorado, que también proyecta construir allí -aunque todavía sin fecha- un aeropuerto, villas artísticas (danza, música, teatro, orquesta), cuatro hoteles, un centro de convenciones y un anfiteatro. 

Casado seis veces, una de ellas con la artista Adriana Varejão, Paz responde -según Forbes- por un patrimonio de 715 millones de euros, una fortuna que -afirma él- acumuló tras la suba de 1800% que tuvo el hierro y el acero durante su relación comercial con la China de Deng Xiaoping.

El millonario, que sostiene haber invertido “todo” su dinero allí, donó en 2015 las tierras y edificios a la organización civil sin fines lucrativos llamada Instituto Inhotim, responsable actual de administrar las actividades y finanzas.

Paz dejó la presidencia del consejo en 2017, tras un litigio judicial (Ver “Un mecenas…”). El instituto, entonces, adoptó una política de transparencia “en conformidad con normas brasileñas e internacionales” de compliance y es auditado por Ernst & Young, consultora que firma sus informes, abiertos al público desde 2012. La publicación más reciente (julio 2019) consigna un activo total de 3.257 millones de euros y puntualiza como hecho relevante el derrumbe, en enero último, de un terraplén minero en rumadinho, jurisdicción donde se encuentra el instituto.

Pompeya tropical

Ese desastre, que sepultó a 251 personas bajo el lodo, puede compararse tan sólo retóricamente con la Pompeya romana, pues ha sido caracterizado como un crimen ambiental de la empresa Vale, responsable civil por la ciudad arrasada.

A pesar de la magnitud de la destrucción y la proximidad geográfica, el lodo no alcanzó físicamente al instituto (“aunque lo afectó directamente”, señala el reporte de Ernst & Young). “En los próximos años, su papel será aún más fundamental, tanto por ser el principal empleador de la ciudad (450 colaboradores que viven allí) como por desarrollar actividades que transforman la vida de miles de personas, todo lo cual hace girar la economía de la ciudad”, concluye el documento, firmado también por Antonio Grassi, director ejecutivo de Inhotim.

El mismo informe ha provocado cierta inquietud al presentar una “duda significativa sobre la continuidad operacional” de todo el complejo, pues su financiación proviene de recursos obtenidos mediante una ley (Rouanet, de incentivo fiscal) y de donaciones. La exención tributaria ha sido frontalmente atacada por el presidente del país, Jair Bolsonaro, por lo que “las donaciones han pasado a ser el principal aporte”, confirma a DIRIGENTES una asesora del instituto. Entre estas, el banco Itaú elevó su cuota de 326.000 a 762.000 euros, mientras que la siderúrgica Vale pasó de 435.300 a poco más de 1 millón de euros. La taquilla, en tanto, responde por 20% del presupuesto total, le dijo a esta revista otra fuente del museo.

Filantropía y legado 

“El empresario es una anomalía en un país donde la élite prefiere gastar su dinero en casas y objetos de lujo”, escribió, en 2016, la periodista española -especializada en Brasil- Valeria Saccone.

Tres años después el escenario es otro, menos inocuo. Bernardo Paz se ha tornado una suerte de Quijote enfrentado a molinos que ahora no son imaginarios, sino movidos por hordas que desenfundan sus armas, cual Joseph Goebbels, ante cualquier indicio de “cultura”: los brasileños que imitan a su presidente en el gesto de disparar.

Es en ese espíritu de época, en el umbral de la década de 2020, que se inscribe esta inauguración de noviembre en Inhotim, una apuesta redoblada por el arte, la naturaleza y la civilidad en medio de la crisis institucional y confusión ética que atraviesa esa nación.

La figura de Paz nutre, en el apogeo de su vida exuberante, el mito de un “rey sol” refugiado en su Versalles tropical. O, retomando los relatos precolombinos, una versión contemporánea de El Dorado, aquel líder muisca concreto que, según la leyenda, vivía en tanta abundancia que cada mañana se cubría el cuerpo de oro en polvo y se bañaba todas las noches en un lago sagrado.

Un mecenas en el bosque

Situado a 60 kilómetros de la capital Belo Horizonte, Inhotim es el proyecto que el magnate y mecenas brasileño Bernardo Paz abrió al público en 2006 con el propósito de “llevar arte y naturaleza a la sociedad”, una misión que se dio a sí mismo tras sufrir, en 1995, un accidente cerebrovascular y tener una epifanía filantrópica que, asegura, le llevó a dedicar su vida al proyecto y colocar todo su dinero allí. Su intención fue recrear ese territorio, antiguamente dedicado a la explotación minera, en un legado de belleza “para todos”, incluyendo a los más pobres, que, en efecto, hoy tienen acceso especial mediante visitas guiadas.

Con 3,9 kilómetros cuadrados (“140 estadios de fútbol”, suele comparar la prensa brasileña, poco más de tres veces el Parque del Retiro, para que los madrileños se hagan una idea), sumando jardines y pabellones construidos en medio de bosques, lagos y colinas, el resultado evoca, en la mente de este cronista, aquel país donde la Alicia de Lewis Carroll transitaba distintas profundidades de la realidad. De hecho, es común que visitantes usen palabras de encantamiento como las del inicio de este artículo para describir el conjunto y las experiencias vividas allí.

En 2018, el valor del acervo artístico fue estimado en más de 1.600 millones de euros por el Gobierno de Minas Gerais, tercer PIB más abultado de Brasil, que auditó los activos a propósito de una deuda fiscal de su fundador, cuya fortuna provoca controversias y le ha valido inclusive una condena por lavado de dinero en 2017, saldada con obras de arte valuadas en 116 millones de euros. El empresario también ha sido blanco de denuncias de trabajo infantil, acusaciones que niega y que no han sido probadas. Con 70 años de edad hoy, el creador de este hito en el mapa de las maravillas contemporáneas no concede entrevistas. Vive retirado en una casa de vidrio en algún lugar no revelado de su inmensa hacienda, rodeado de piezas monumentales y jardines diseñados por Burle Marx en un paisaje de ensueño mientras unas 600 personas trabajan en su utopía.

Jardín de las maravillas

Entre las obras diseminadas para crear lo que su fundador llamó “un estado de espíritu y vida poscontemporánea”, se destacan el pabellón de la suizo-brasileña Claudia Andujar (mundialmente conocida por su trabajo documental sobre vida y rituales de los indios Yanomami), el Sonic Pavillon del estadounidense Doug Aitken (que colocó micrófonos a 200 metros de profundidad para amplificar los sonidos de la tierra en una sala circular desde donde se tiene una vista panorámica del parque), el Beam Drop del estadounidense Chris Burden (altas vigas de hierro incrustadas en una piscina de cemento tras haber sido lanzadas desde el aire por una grúa), el Forty Part Motet del canadiense Janet Cardiff (una escultura sonora inmersiva de cuarenta voces).

Por España está Cristina Iglesias, autora de Vegetation Room (una instalación laberíntica de espejos en un bosque) que el propio mecenas seleccionó durante una visita a la ARCO de 2007. Iglesias creó su obra en Madrid entre 2010 y 2012 y la trasladó en barco a Brasil, donde trabajó con profesionales del instituto para el montaje. “Fue increíble, porque este centro ofrece una libertad y un apoyo increíble al artista, algo que es poco común”, le dijo a la revista Yorokobu en una entrevista de 2016 realizada por Valeria Saccone.

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