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La productividad como referencia en el ámbito de la inversión

Stéphane Monier, Jefe de Inversiones de Lombard Odier, explica el efecto de la productividad en las economías, que se traslada a los mercados y a la inversión.

12 DE agosto DE 2018. 21:52H Víctor Ranera

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Esta contradicción entre innovaciones potenciales revolucionarias y una productividad más débil se conoce como la paradoja de la productividad. ¿Cómo pueden las estadísticas de la productividad ser tan decepcionantes en una era de disrupciones tecnológicas como coches autónomos, big data o inteligencia artificial? La pregunta es clave porque el retraso en el crecimiento de la productividad conlleva a la caída del producto interior bruto y a un crecimiento de las ganancias corporativas más pobre, que generalmente, reduce el crecimiento de los precios de las acciones.

Desde la crisis financiera, las estadísticas de la productividad apuntan a una tendencia común. La productividad laboral de EEUU ha crecido, de media, un 0,8% anualmente desde 2010 comparado con el 2.9% de la última década y el 1.8% de los últimos cincuenta años (ver gráfico 1). La misma historia es generalmente cierta en los países de la OCDE (ver gráfico 2). Este descenso es preocupante porque el progreso tecnológico es un conductor clave para el crecimiento potencial a largo plazo.

“La productividad es el resultado del aumento salarial. Y la productividad es clave también para nuestros estándares de vida”, comentó Andy Haldane, el economista jefe del Banco de Inglaterra, en un discurso el 28 de junio. El estancamiento de los salarios reales y el crecimiento de la productividad “es casi sin precedentes en la era moderna, una ‘década perdida’ y sumando”, dijo Haldane.

El fracaso de la tecnología para impulsar la productividad también se conoce como la paradoja de Solow, después de la publicación de una reseña de un libro en julio de 1987, en la que el premio nobel de economía Robert Solow señaló el hecho de que una revolución tecnológica se extendió de manera simultánea a “todas partes...por una desaceleración del crecimiento de la productividad”.

Varios economistas culpan a las nuevas tecnologías de limitar el aumento de la productividad mientras generan altas expectativas. Existen tres explicaciones potenciales para esta falta de correspondencia entre la realidad estadística y las expectativas. O somos demasiado optimistas sobre el impacto potencial de la innovación, o demasiado pesimistas sobre la productividad medida, o un poco de ambas cosas.

Para algunos expertos la tecnología significa que, en la mayoría de los casos, estamos haciendo más rápido productos ya existentes. Con el tiempo, los sectores con baja productividad han llegado a ocupar una mayor porción de la economía. Y, a pesar de que la innovación continúa, los productos se han vuelto más baratos en vez de crear categorías de nuevos productos, lo que significa que los consumidores gastan menos en productos manufacturados. Visto desde una perspectiva más positiva, sabemos (o deberíamos saber) que la maximización de la riqueza material no nos hará más felices, pero los servicios podrían hacerlo.

Optimismo y pesimismo

La esperanza es que ahora podemos estar cerca de un punto de inflexión. Existen sinergias entre tecnologías, lo que significa que estamos seguros de poder ver la ampliación de la digitalización. Si pensamos, por ejemplo, en el procesamiento de los alimentos, que exige unos procesos de automatización y mecanización cada vez mayores. O la agricultura, donde los microsensores y el big data se traducen en un menor nivel desperdicios, una aplicación más eficiente de recursos y menores costes, o la evolución del “Internet de las Cosas”, que combina objetos del mundo real con la gestión interconectada. Dicho de otro modo, la productividad se beneficia de ámbitos de la digitalización como la inteligencia artificial, la nube, la impresión 3D o la gestión de datos de blockchain, que solo se encuentran en sus primeras etapas. De la misma manera que tras la invención del generador eléctrico como sucesor de la máquina de vapor, se tardaron décadas aprender a usarlo reorganizando adecuadamente las fábricas.

Por otro lado, el economista e historiador Robert Gordon revive la teoría del “estancamiento secular”, argumentando que la época dorada de la innovación ha terminado. Estamos sobrestimando el impacto de los avances tecnológicos actuales en dispositivos médicos, inteligencia artificial o Internet de las Cosas, defiende Gordon, porque los iPhones, por ejemplo, tienen un impacto económico limitado comparado con los “grandes inventos” como la electricidad o los automóviles. Además, el iPhone puede ayudarnos a disfrutar de nuestro tiempo libre pero también nos distrae cuando supuestamente deberíamos ser más productivos. Adicionalmente, las disrupciones tecnológicas están probablemente concentradas en empresas, sectores o países concretos y el resultado es un beneficio económico privado en lugar de ganancias de productividad generalizadas.

Además, los escépticos sostienen que en vez de que la innovación tecnológica fluya a través de la economía a medida que los empleados altamente tecnológicos se mueven entre empresas, los conocedores de la tecnología tienden a moverse únicamente entre las empresas más innovadoras, dejando a la gran mayoría con un nivel de menor rendimiento.

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