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Las élites se miran al espejo, y les gusta lo que ven

El informe “Cinco debates desde la ética para el futuro de España”, promovido por el think tank Ethosfera, recoge las reflexiones y desacuerdos surgidas en una serie de conversaciones entre empresarios, académicos y altos funcionarios del Estado

06 DE junio DE 2022. 05:49H Bernardo Álvarez-Villar

La cuestión, acertó muy bien a dilucidar la periodista y ensayista Marta Peirano, era concluir si eso de “ética empresarial” es algo más que un oxímoron o un animal mitológico. Los asistentes-estaba por allí el filósofo Carlos Blanco, el comunicador Pedro Herrero, el exdiputado de Ciudadanos Ignacio Prendes, el politólogo Berna León, además de otros muchos empresarios y académicos-podrían haberse dividido en dos grupos: los convencidos de que la ética empresarial no es un oxímoron y a aquellos a los que les gustaría creer que no lo es. En la sala María Zambrano del Círculo de Bellas Artes, con los ponentes sentados frente a una cristalera en la que se dibujaban al fondo los templos del poder corporativo madrileño, el think tank Ethosfera organizó el acto Mejores empresas, mejor democracia para presentar el informe Cinco debates desde la ética para el futuro de España.

Para resucitar esa maltrecha tradición del liberalismo occidental fundamentada en el diálogo y la deliberación, los promotores de Ethosfera -el filósofo Diego Garrocho y la periodista Elena Herrero-Beaumont- sentaron a conversar a cerca de 40 empresarios, líderes de la sociedad civil y funcionarios de la alta administración del Estado acerca de algunos de los temas más candentes de nuestro tiempo: el aumento de la desigualdad, la ruptura del ascensor social, la polarización, el deterioro de la democracia liberal y la tentación autoritaria.

“Tan importante como las conclusiones de este informe es su metodología”, empezó su intervención Andrés Sendagorta, presidente del Instituto de Empresa Familiar (IEF), “y esperemos que esas conclusiones estén presentes en el proceso de toma de decisiones de estos empresarios, académicos y funcionarios”. Recodó Sendagorta que vivimos “tiempos de incertidumbre desde la crisis financiera de 2008, cuando se dieron conductas escasamente conciliables con la ética que han sido el caldo de cultivo de los populismos que dividen y enfrentan a las sociedades”. 

A ello se le suma “la urgencia de combatir el cambio climático manteniendo unos costes energéticos razonables, los efectos de la pandemia, la invasión de Ucrania…Vivimos en un mundo en proceso de reajuste geopolítico con retos que no entienden de fronteras y que debemos afrontar en clave planetaria”. 

Ante este panorama, “la tesis de que la tarea de la empresa es solamente generar valor está en decadencia. La empresa debe atender a los grupos de interés que la rodean y a los intereses generales”. Por ello, animó a “valorar el papel de las empresas como entes vertebradores de la sociedad. Se ha confinado a las empresas a una función marginal en el orden de la sociedad, pero la verdad es que son el principal escenario de socialización de los ciudadanos”.

Puso especial énfasis en reivindicar a las empresas familiares por su “compromiso ético y por poner a las personas en el centro”. Por último, concluyó, es necesario “incorporar al debate democrático las aportaciones de las empresas para mejorar el marco de convivencia. Porque sin las empresas la democracia no puede mejorar”.

Vencer al cinismo y a la apatía

Diego Garrocho, presidente del consejo académico del think tank, no basó su discurso en ese procedimiento tan previsible y aburrido que consiste en aclamar qué ideas se están defendiendo. Hizo exactamente lo contrario, que es a lo que se dedican los filósofos que han comprendido su ocupación: reconocer contra qué ideas se está revolviendo. “Todo lo que hemos hecho hasta ahora en Ethosfera intenta contravenir una idea defendida por Bernard de Mandeville en 1705, y que sostiene que los vicios privados pueden acabar redundando en beneficio público. Pero el beneficio público debe construirse siempre desde la virtud privada”.

La corrupción de las democracias es un “proceso paulatino”, nunca una ruptura radical, y es por ello que se hace necesario un “régimen muy concreto del estado de opinión. Un estado que, por distintas causas, comienza a verse erosionado. Necesitamos un espacio en el que puedan reunirse voces diferentes”. 

Ese ha sido precisamente el cometido de Ethosfera con los sucesivos debates que dieron lugar al informe, donde se recogen las opiniones de “profesionales de reputación solvente y con compromisos en sus biografías. Esto generó dos elementos interesantes: el disenso informado y el consenso que no es fruto de la negociación, sino de la convicción. Y es que a través de largas conversaciones somos capaces de entender por qué quien piensa como piensa el que piensa diferente”.

El informe, en fin, tiene “algunas conclusiones, pero no demasiadas. Hay muchas dudas e incertidumbre”. Una de ellas es que “las democracias no son solo una estructura formal, sino que hay que contar con el capital humano, con mujeres y hombres capaces de ir mucho más allá de donde pautan las obligaciones”. 

Elena Herrero-Beaumont, la directora de Ethosfera, fue la encargada de resumir brevemente las conclusiones del informe, que parten de la constatación de que vivimos “un momento de descrédito y desesperanza”. Una de las conclusiones establece que “todas las empresas, especialmente las tecnológicas, deberían comparte con más conciencia cívica. El factor político juega un papel clave en las empresas, y la polarización también les afecta a ellas, que se ven obligadas a tomar partido en ciertos temas”.

La creciente desigualdad es fruto “del fin de la meritocracia como clásico tractor social de las clases medias”, y es por ello que las empresas deberían proporcionar un “justo ascensor social, con una retribución justa para ejecutivos y empleados y una formación y capacitación continua”. También instó a la administración pública a ser “más ágil y colaborar más con el sector privado para abordar reformas estructurales con los fondos europeos”. De lo contrario, advirtió, será difícil “vencer el espíritu de apatía, desconfianza y cinismo”. 

¿Pocos escrúpulos o demasiados principios?

Acto seguido tuvo lugar una mesa redonda, moderada por Marta Peirano, en la que participaron Alberto S. Navalpotro, CEO de Inbonis y Acumen Fellow; José Luis Blanco, director general del Instituto de la Empresa Familiar, Juan María Sáinz, consejero delegado de Informa, y Silvina Bacigalupo, presidenta de Transparencia internacional España y catedrática de Derecho penal de la Universidad Autónoma de Madrid. La moderadora, que reconoció que “este no es el público al que estoy acostumbrada”, quiso aguijonear, con humor pero sin concesiones, la buena conciencia que se respiraba en el ambiente: “Las élites no han estado a la altura de los retos”. 

Sobre la ética empresarial, y su presunta naturaleza de animal mitológico, Bacigalupo argumentó que la “ética de las organizaciones requiere organización, requiere que se plasme en códigos de conducta con normas claras. Y además, ha de ser un proceso deliberativo y participativo, no algo que la dirección decide e impone”.

Pregunta retorcida de Peirano para Navalpotro: ¿Es posible ganar dinero con una empresa ética? “Yo creo que es imposible ganar dinero a largo plazo sin tener una empresa ética. Una empresa necesita aportar valor a la sociedad, y si no lo aporta acaba desapareciendo”.

José Luis Blanco, con una larga disertación, defendió que “los intereses privados son compatibles con el interés común general. Las empresas buscan relacionar las cosas que hacen con valores de excelencia para ajustarse a lo que demanda la sociedad”. 

Y otra pregunta maliciosa de la moderadora, esta para Juan María Sáinz: ¿Es mejor un líder sin escrúpulos o con demasiados principios? El aludido se zafó del dilema con jocosidad y elegancia: “Un líder sin escrúpulos es peligroso para una empresa. Yo prefiero un líder con principios, pero no demasiados…”

Ciencia y populismo

El acto concluyó con una conversación entre Paz Guzmán, consejera económica de la Comisión Europea en España, y la ministra de Ciencia e Innovación Diana Morant. ¿Cómo ve, señora ministra, el auge del populismo de la polarización?

“Pues con preocupación. La ciencia y el populismo son antagónicos. Mientras que la ciencia busca soluciones complejas y necesita sus tiempos, el populismo apuesta por las soluciones simples y es cortoplacista. Los populismos, de hecho, están relacionados con la negación de la ciencia, y lo hemos visto en la pandemia. Lo que podemos hacer es acercar la ciencia y el conocimiento a la ciudadanía, porque el populismo y el simplismo son amenazas para la democracia”.

Para Morant, el sentido de la política reside ante todo en combatir “la desigualdad, que genera pobreza. La política es la única herramienta de la que disponen los más humildes para mejorar sus condiciones de vida, y es el instrumento que ayuda a regular lo que el mercado no puede. Un ejemplo de lo que sería un liderazgo político ético sería el presidente Pedro Sánchez”.
Los asistentes no pudieron reprimir las carcajadas. Ya habían pasado unos minutos de las 9 de la noche: “Ya va siendo hora de terminar porque…”, se oyó a alguien decir entre el público.

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