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La cuarta revolución industrial viene de China

La cuarta revolución industrial, parafraseando a Klaus Schwab, está aquí.

22 DE febrero DE 2020. 10:03H Alberto J. Lebrón (Pekín)

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El fundador del Foro Económico Mundial lleva, desde hace tiempo, advirtiendo sobre la disrupción tecnológica. Es decir, sobre la necesidad decreciente de horas dedicadas al trabajo para producir una misma unidad del PIB. El incremento exponencial de nuestro bienestar material, con costes marginales cercanos a cero, es una realidad en cada vez más industrias. Por ejemplo, gracias a tecnologías como la impresión 3D, consistente en crear un objeto físico directamente desde modelos o dibujos digitales. China, hace seis años, consiguió implantar con éxito una vértebra humana impresa en 3D. Dentro de este ámbito, el primer automóvil impreso con tecnología 3D saldrá a la venta en 2025, según estimaciones del FEM.

El fondo DKV, con base en Hong Kong, ha dado voto a un algoritmo dentro de su junta directiva. De los cinco países con más robots industriales instalados en sus fábricas, tres son asiáticos (China, Japón o Corea del Sur). Singapur revolucionado el urbanismo fomentando sistemas de estacionamiento, limpieza e iluminación inteligentes. Y otros avances desarrollados desde China, como la edición del genoma humano, no tiene limitaciones técnicas sino éticas. China, en innovación tecnológica, ha alcanzado el 50% del nivel de la UE.

La disrupción tecnológica ha traído más igualdad económica, entre países, pero también ha exacerbado las desigualdades dentro de los mismos. Las diferencias económicas, actualmente, no pasan por discriminar entre naciones del primer o tercer mundo. Las diferencias, independientemente del país donde uno vive, se establecen en función de la cualificación laboral. En 1991, según ILOSTAT, el empleo industrial-manufacturero estadounidense era equivalente al 25% del total. Sin embargo, en 2019, el empleo industrial-manufacturero se había reducido hasta niveles inferiores al 20%. En Reino Unido, por poner otro ejemplo, también se ha dado el mismo fenómeno. Casi un tercio del empleo total, a principios de los 90, era industrial-manufacturero. En 2019, sin embargo, esta proporción había caído hasta el 18,1%. En Alemania, o Japón, la caída ha sido de diez puntos porcentuales durante los veinticinco años anteriores a 2019. Y solamente algunas naciones emergentes, como China, han conseguido aumentar el peso total del empleo industrial-manufacturero (hasta alcanzar un 28,2% en 2019).

¿Significa esto que China se ha quedado con todos los empleos destruidos en esos países? El crecimiento económico, como resulta obvio, no es un juego de suma cero. Los países, en general, no crecen a costa de otros. Al contrario, en nuestros días, todos crecen de manera más o menos sostenida incrementando con ello el bienestar global. Ahora bien, dependiendo del estado de desarrollo, las economías nacionales se suelen especializar en sectores diferentes. China, tras las reformas económicas de 1979, inició una industrialización donde la economía ha venido creciendo casi un 10% anual hasta 2019. El incipiente sector industrial- manufacturero chino, dotado con una fuerza laboral masiva, permitía obtener economías de escala. Y la productividad, en consecuencia, comenzó a ser cada vez más elevada. Estos aumentos de la productividad, según el FMI, también acabaron incrementándola en las naciones desarrolladas. Sin embargo, el aumento de la productividad en las naciones desarrolladas se llevó a cabo mediante una destrucción sostenida del empleo industrial-manufacturero. Ahora bien, el trasvase de trabajadores en las economías desarrolladas del sector industrial- manufacturero, hacia los servicios, respondía a dos variables. Primero, las naciones desarrolladas destinan una parte creciente de su renta a consumir servicios, lo cual demanda precios cada vez más baratos en bienes básicos ofrecidos desde los sectores agrícola e industrial-manufacturero. Y, en segundo lugar, la transición del sector industrial-manufacturero hacia los servicios se hizo debido a la elevada productividad inicial de estos últimos. Es decir, cuando no había una proporción alta de trabajadores empleados en los servicios, este sector podía absorber buena parte del empleo industrial-manufacturero.

En China, sin embargo, los rendimientos del capital son claramente decrecientes, con exceso de capacidad en algunas industrias. El factor trabajo, por otra parte, apenas aporta a las subidas del PIB. Y solamente el factor tecnológico, mediante incrementos sostenidos del valor añadido, va a poder contribuir lo suficiente al crecimiento económico en China. Debe recordarse que, en esa transición desde el sector industrial hacia una economía de servicios con alto contenido tecnológico, se van a demandar cada vez menos bienes industriales tradicionales. Paradoja: la desindustrialización, en China, también es una amenaza a considerar antes de 2050.

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