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e-Learning: el experimento más grande del mundo

Jesús Alcoba, director de La Salle School of Business

29 DE septiembre DE 2020. 10:46H Jesús Alcoba

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Desde hace décadas venimos escuchando las voces interesadas e impertinentes de los exaltados de la vida digital hablando sobre el acto educativo. Un grupo de opinión que, en general, desea la muerte de muchos de los aspectos de la vida que otros adoramos, relamiéndose ante su imaginario final: la muerte del libro físico, la muerte de los trabajos artesanales y, cómo no, la muerte de la clase presencial. Un grupo que, conscientemente o sin darse cuenta, ha dado por sentado que, si se pudiera hacer un experimento a escala planetaria, las bondades y posibilidades de la tecnología digital educativa brillarían con matrícula de honor. Tanto que sería posible, fantasean, erradicar el cara a cara en educación. Pues bien, ese experimento finalmente se ha llevado a cabo. Quizá no como ellos posiblemente soñaban, pero se ha realizado. De este modo, en los últimos meses hemos podido ver cómo colegios y universidades se lanzaban a una digitalización forzosa y completa, no solo de lo que ocurre en las aulas sino también de su capa de gestión. Mientras se aplicó el estado de alarma los estudiantes fueron confinados en sus casas, así como sus profesores y, durante varias semanas, tuvo lugar el más grande experimento de la historia sobre el e-Learning.

No hace falta conducir ningún análisis sofisticado para conocer los resultados de este estudio porque están en cada conversación, en cada mensaje y en cada suspiro. Los profesores, otros héroes auténticos a los que incomprensiblemente nadie aplaude desde el balcón, se cansan de estar permanentemente mirando a una pantalla, tanto como sus alumnos. Y sus alumnos, siempre que pueden, ocultan su imagen y mutean el micro, dejando al profesor frente a un silente listado de iniciales, en una versión contemporánea de la bíblica prédica en el desierto. Los métodos de evaluación de competencias complejas brillan por su ausencia y, en el lado de la gestión, nada nuevo: hartazgo por las reuniones virtuales y añoranza de los cafés en la sala de profesores y del aire fresco del patio.

Los tecnoadictos y tecnoególatras, gurús digitales autoproclamados y el resto de fanáticos virtuales dirán que no hay medios suficientes, que se improvisa más que se planifica o que si se contara con más formación todo iría como la seda. Pero lo cierto es que, desde que llevamos escuchando esta repetitiva soflama en pro de lo puro digital, nunca ha habido tantos medios ni tanto profesional formado, formal o incidentalmente. Ya hubieran querido los que iniciaron proyectos de virtualización educativa hace veinte años nuestra tecnología y nuestra soltura con el Whatsapp.

Las conclusiones preliminares de este estudio a escala planetaria son claras: estamos aprendiendo que los procesos educativos son mucho más complejos de virtualizar de lo que imaginábamos, que la presencia es un catalizador del aprendizaje y, sobre todo, que la educación no es una cuestión de fe. Da igual lo que creamos en esta u otra metodología o tecnología: el aprendizaje se produce o no se produce, así de simple. Y esta pandemia tan intensiva en tecnología digital está dejando un largo rastro de aprendizajes no realizados, digan lo que digan las planificaciones exhaustivas y los documentos públicos sobre el aseguramiento de la calidad exhibidos por colegios y universidades. Las lecciones que se han quedado por el camino son como los abrazos que no nos estamos dando, en este año en el que, por otro lado, tanto estamos aprendiendo sobre la vida y sobre nosotros mismos.

La conclusión final del experimento más grande del mundo sobre e-Learning es aún más clara: la tecnología digital está lejos, por sí sola, de competir con la formación presencial en cuanto a la creación de un entorno verdaderamente potente y rico de aprendizaje. Así que, una vez más, esta tecnología, como tantas y tantas otras, no representa un punto y aparte, ni muchísimo menos una revolución. Lo será, tal vez, algún día. Pero no hoy. Eso sí, cuando no hay nada más, es un sustituto digno. Y con ese sustituto nos apañaremos mientras esperamos pacientemente la vuelta a las aulas, con el mismo entusiasmo que esperamos el retorno de los abrazos perdidos.

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