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¿Y por qué no teletrabajar también desde la oficina?

Joan Pons, CEO de TimeWork

03 DE julio DE 2020. 09:02H Joan Pons, TimeWork

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El fin del Estado de Alarma y comienzo de la desescalada laboral en España significan, entre otras cosas, que muchos de los cientos de miles de trabajadores que fueron enviados a sus casas a teletrabajar durante los meses duros del confinamiento están regresando paulatinamente a sus puestos habituales de trabajo. Allí les esperan mamparas, mascarillas, pautas de distanciamiento social y otras normas de higiene y seguridad que, dadas las circunstancias, parecen inevitables y perfectamente lógicas.

Lo que ya no sería tan lógico es que en su regreso a las rutinas organizativas a estos trabajadores también les estuvieran esperando viejos hábitos laborales que dejaron colgados en las perchas cuando se marcharon a sus casas. Empresas y trabajadores tienen ante si una oportunidad única de erradicar de sus modelos productivos vicios que lastran gravemente su rendimiento.

Me refiero a cosas como las distracciones continuas, los tiempos dedicados a chismes de pasillo, las pausas excesivas, la falta de planificación de tareas, el regirse por un horario en lugar de por unos objetivos, la excesiva dependencia de mandos que marquen la pauta y el ritmo de trabajo, las reuniones sin puntualidad ni orden del día, la falta de foco, el exceso de ruido (físico y figurado), la ausencia de medida sobre la gestión del tiempo, la falta de análisis y feedback de valor sobre el propio rendimiento o la obsesión por el presencialismo.

Todos estos elementos son enemigos acérrimos de la productividad. Unos enemigos, además, difíciles de erradicar porque llevan décadas instalados en la cultura organizativa de las empresas. Son como fantasmas que deambulan por los pasillos, contagiando sus malos humos a todos cuantos pasan por allí.

El teletrabajo había conseguido que muchos trabajadores y sus empresas se liberaran de esa influencia tóxica. Las circunstancias han obligado a medir resultados, a autogestionar el tiempo y los recursos, a conciliar, a comunicarse con compañeros y jefes con sentido, a colaborar y a hacerse dueño del propio trabajo. Hemos aprendido a trabajar sin tener al jefe literalmente encima, a fijarnos objetivos, a distribuir tareas en el tiempo y a medir en qué somos más eficaces y en qué menos. Sería una tragedia no aprovechar todas estas enseñanzas para el futuro, porque son prácticas que, en sí mismas, implican ‘futuro’.

Todos los analistas coinciden en que el teletrabajo no va a regresar al punto de inicio cuando se complete la desescalada. No volveremos a lo de antes. Y no solo porque, inevitablemente, el proceso de retorno a los puestos físicos va a ser escalonado y las propias medidas de seguridad y distanciamiento social obligan a ‘despejar’ las oficinas, por lo que las empresas tendrán que recurrir a turnos y mantener a buena parte del equipo realizando sus tareas desde casa. Sino porque los efectos evangelizadores que ha traído consigo el periodo de confinamiento sobre las ventajas del trabajo en remoto harán que muchas empresas que ya lo practicaban lo consoliden y amplíen, y que otras que aun no se habían lanzado lo incorporen a sus modelos de una manera más permanente.

Vistos los resultados del teletrabajo durante este periodo, a más de un directivo se le ha oído estos días exclamar: ¡Ojalá no tengamos que volver! Sin llevarlo tan al extremo, incluso para aquellos trabajadores que vuelvan a sus puestos, los hábitos desarrollados estas semanas serán de una enorme utilidad. Es esencial incorporar a los esquemas presenciales algunas de las ventajas del teletrabajo. Porque, combinada con las ventajas de la presencia (cercanía del equipo, comunicación más inmediata y directa, acceso a mayores recursos, etc.), la mentalidad organizativa del trabajador remoto puede marcar una gran diferencia en la eficacia y crecimiento de los profesionales. La nueva normalidad es una oportunidad única para, de alguna forma, ‘teletrabajar’ también desde la oficina.

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