El síndrome de abstinencia conectiva

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Un impactante estudio revela que muchas personas no disfrutan pasando un rato de diez minutos a solas con sus pensamientos. Más interesante aún, algunos de los participantes en el estudio preferían la administración de descargas eléctricas a quedarse solos simplemente pensando. Es tan apabullante el flujo de interacciones al que estamos acostumbrados que cuando la corriente se interrumpe sufrimos. Podríamos llamarlo síndrome de abstinencia conectiva.

La ansiedad por la conexión es ya omnipresente. Cuando interactuamos en internet queremos que la respuesta sea inmediata a nuestra petición: obtener información de un producto, calcular un presupuesto, comprar un artículo o descargar una aplicación deben ser tareas con un resultado instantáneo que por supuesto deben poder realizarse a cualquier hora del día o de la noche, ya sea en día laboral o en festivo.

A veces esta ansiedad nos lleva a situaciones absurdas, como por ejemplo escribir un email y luego comentárselo al destinatario cuando nos lo encontramos o, quizá peor, escribir el email y tras un tiempo que juzgamos excesivo llamar por teléfono para ver si ha llegado y obtener una respuesta. El hecho de tener tantos canales accesibles nos llega a utilizarlos como vías redundantes para lograr conectar cuanto antes.

Es posible que la velocidad en el flujo de la conexión y el vértigo que a veces implica no sea en sí ni positiva ni negativa, sino simplemente un signo de los tiempos. Pero al igual que el consumo excesivo de muchas substancias genera una tolerancia que al interrumpir la ingesta produce estragos en las personas adictas, estudios como el arriba citado deberían hacernos reflexionar sobre si la hiper-conexión en la que vivimos está alcanzando niveles tóxicos.

Curiosamente, una de las tendencias últimamente más extendidas, la práctica de la llamada atención plena o mindfulness, persigue crear un espacio y un tiempo en el que nuestra mente esté concentrada en un único punto. Sin hacer nada más, y regresando una y otra vez a ese punto cada vez que un pensamiento ajeno se introduzca sin permiso en nuestra conciencia. La meditación, además, implica realizar este ejercicio en solitario, y por tanto en total desconexión social. Si no fuera porque parece existir una creciente evidencia en favor de este tipo de técnicas, el mundo podría seguir sin reparos su camino hacia la multiconectividad ubicua.

Y es que, como ha ocurrido en el pasado en muchas ocasiones en las que ha existido una tendencia social abrumadora, y con excepción de algunas voces críticas que con el tiempo pasarán al olvido, existe una aún demasiado escasa investigación sistemática sobre los efectos de estas prácticas. Aunque conocemos los efectos del síndrome de abstinencia conectiva, porque lo experimentamos en primera persona y porque lo vemos en los demás, no sabemos a qué nos conduce exactamente una población que vive constantemente en la multiconexión instantánea. Ante esta situación, es posible que se pueda suplir la ausencia de investigación con un poco de reflexión y capacidad analítica. Paradójicamente, sin embargo, esto se antoja complicado en las condiciones actuales, puesto que la reflexión quizá debería ser individual, y eso parece estar fuera del alcance de esta sociedad hiperconectada. Una sociedad que, ante el síndrome de abstinencia conectiva, debería ser, si no escéptica, acaso un poco más crítica frente al aparentemente imparable avance de la conexión constante.

Jesús Alcoba, director de La Salle International Graduate School of Business

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