lunes, 22 julio 2019
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Reduzca su entusiasmo. No apueste aún por Beto

Stephanie Kelly, economista política de Aberdeen Standard Investments

09 de julio de 2019. 08:00h Stephanie Kelly

Beto O'Rourke ha animado la carrera por las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2020. El demócrata alcanzó la fama el año pasado cuando se postuló para el Senado de los Estados Unidos y perdió sólo por poco ante su rival en el estado profundamente republicano de Texas.

Su fracaso en estos comicios fue también consecuencia de sus acciones, aunque no parezca algo lógico. Se mostró a sí mismo en muchos aspectos como el candidato arquetípico para la generación de los smartphones. Su combinación de encanto sureño, creencias apasionadas, carisma y elocuencia hizo que los votantes se lanzaran a sus teléfonos y el consiguiente aumento de seguidores que hicieron que se volviera viral.

Sería el candidato soñado para los mercados financieros, aunque afortunadamente no sólo por su forma de hablar. Es joven, moderado, tiene una capacidad demostrada para llevar a cabo una campaña sólida y su calidad de estrella es lo que exige la política moderna de EE.UU.

Todo esto mantiene ocupados a muchos comentaristas. Las comparaciones con Obama, por no mencionar a Robert Kennedy, han aparecido desde hace mucho tiempo. El primer fin de semana de su candidatura fue seguido por docenas de periodistas (una cadena contrató un coche de golf para seguirlo mientras corría una carrera de 5 kilómetros en Iowa).

Fortalezas y debilidades

Pero hay que contener la emoción. Muchas de las mayores fortalezas de O'Rourke podrían convertirse en debilidades dentro de una carrera de primarias extremadamente concurrida y en un ambiente político que está altamente polarizado.

Su juventud le otorga una mayor capacidad para conectar y relacionarse con los jóvenes de una manera por la que luchan los estadistas mayores. Esto es valioso en un momento en que cuestiones como la desigualdad de ingresos están abriendo una brecha entre las generaciones de más edad y las más jóvenes, que ya están divididas.

Pero los jóvenes simplemente no acuden a las urnas con la misma regularidad que los ciudadanos mayores. Sólo el 46% de las personas de 18 a 29 años votaron en 2016, en comparación con el 71% correspondiente a las personas mayores de 65 años.

O'Rourke también es joven según los estándares de los presidentes estadounidenses. Tiene 46 años, frente a los algo más de 55 años que tienen de media los presidentes de EE.UU . Otros presidentes como Harry Truman (60), Dwight Eisenhower (62) y George Washington (67) eran bastante mayores.

Así como la juventud puede asociarse con nuevas ideas, vigor y vitalidad, también puede sugerir ingenuidad, inexperiencia y arrogancia. Donald Trump no tenía experiencia cuando se postuló para la presidencia, pero fue capaz de hacer de esto una virtud al criticar al establishment.

O'Rourke, por otro lado, es parte del sistema. El joven demócrata es muy cosmopolita. Perfiles en Vanity Fair, el apoyo de Oprah Winfrey y ser la comidilla de la alta sociedad de la costa este lo llevarán lejos. Pero eso también le hará daño en las zonas del país en las que los políticos de un perfil más tradicional se burlan de él.

De hecho, algunos de los mayores desafíos a los que se enfrenta están dentro de su propio partido. Las elecciones primarias demócratas van a estar muy reñidas y el propio partido está luchando por encontrar dónde se encuentra el nuevo centro de la izquierda. O'Rourke podría apelar a los votantes independientes centristas en un cara a cara con Trump.

Primero, sin embargo, necesitará una agenda política cuidadosamente planificada para cerrar la brecha con la vigorosa base de votantes liberales para obtener la candidatura en un proceso de primarias altamente competitivo.

Muchos consideran que su casi Victoria en Texas el año pasado es prueba de que O’Rourke tiene lo que se necesita para postularse para la presidencia del país. Perdió ante el titular republicano Ted Cruz por menos de tres puntos porcentuales, y eso es lo más cerca que un demócrata ha estado de reclamar el estado de la Estrella Solitaria desde 1988.

Sin embargo, la realidad es que el partido republicano ha estado perdiendo terreno frente a los demócratas en Texas durante un tiempo. En las elecciones presidenciales de 2016, Hillary Clinton perdió Texas por el margen más estrecho que cualquier otro candidato demócrata desde 1996.

Los republicanos han ido perdiendo apoyo en algunos sectores por las leyes aprobadas, como un proyecto de ley de inmigración que fue profundamente impopular entre la comunidad hispana. La política divisoria del presidente Trump sólo ha alienado a muchos de los aproximadamente 40% de votantes tejanos que son hispanos del partido republicano.

El hispanohablante O'Rourke, que representaba a un distrito fuertemente latino en Texas, se vio impulsado por un viento favorable en las elecciones de 2018. Ganó grandes ciudades como San Antonio, Houston, Dallas, Houston y Austin, dando más credibilidad a su atractivo cosmopolita y urbano.

Nada de esto debería arrebatarle sus logros. Pero igualmente, la carrera por Texas no debe ser vista como un modelo para el cargo de Presidente. El camino a la Casa Blanca está lleno de obstáculos, dentro del Partido Demócrata en busca de su nueva identidad y de la agenda mediática de la derecha.